Por Gilberto Castillo- Academia de Historia de Bogotá
El afectado fue el vicepresidente de la República Ramón González Valencia que, en 1900, debió renunciar a su cargo a cambio de que los votos de castidad que ofreció le fueran levantados por el Nuncio apostólico Francisco Ragonesi, representante de Dios y del papa Benedicto XV en la tierra.
Era el vicepresidente de origen chicatero, (Chitaga Norte de Santander) un hombre profundamente religioso. Había nacido en 1851 como hijo de una familia modesta de la región. Estudió la primaria en la escuela de su pueblo, bachillerato en el colegio de Pamplona y se graduó como abogado en el Colegio de nuestra señora del rosario de donde han salido muchos presidentes colombianos, él también lo sería, en 1909. Terminados sus estudios se dedicó a los negocios agrícolas de la familia, pero su amor por la política lo llevó a meterse en cuanto lío político se presentaba. Esta participación en trifulcas y guerras distintas le ayudó a adquirir en los campos de batalla, sobre todo en la guerra de los Mil días, el título de general de división.
Fue un conservador de racamandaca y esto lo mantuvo en lucha permanente contra los ejércitos liberales que se levantaban en cualquier lugar contra los gobiernos conservadores de la época. En el campo de batalla se encontró con el general Rafael Reyes quien sería el presidente titular durante el tiempo de su renuncia. Se conocieron peleando en la batalla de Enciso durante la Guerra de los Mil días, donde Reyes era el comandante máximo del ejército oficial.
Para comienzos de diciembre de 1899, se puso al frente de sus tropas durante la batalla de Peralonso en la que su ejército fue aplastado de forma inmisericorde por las fuerzas liberales que comandaba Rafael Uribe Uribe. Esta derrota resultó dolorosa y alarmante para él mismo y para el gobierno encabezado por el conservador José Manuel Marroquin el mediocre presidente golpista, que derrotó al Manuel Antonio Sanclemente, elegido democráticamente, apropiándose del Cargo.
Fue Marroquín, generoso con los gringos a quienes entregó el Canal de Panamá; regular escritor y pésimo poeta. Para comprobarlo solo basta leer sus obras El Moro y el poema La Perrilla. Fue huérfano desde muy niño. Su madre Trinidad Ricaurte y Nariño, sobrina del precursor Antonio Nariño, desapareció mientras rezaba, en las horas de la noche, en el oratorio de su finca Yerbabuena en 1828. El sospechoso, por siempre, fue José María Marroquín y Moreno un español de pura cepa, que se casó por compromiso, pero que dicen, odiaba a su esposa por pertenecer a una familia de revolucionarios criollos.
Cien años después, los descendientes de Trinidad, habrían de encontrar su partida de defunción en la iglesia de Chía, en el documento consta que fue encontrada muerta en uno de los potreros de la famosa finca como consecuencia de una caída violenta. "Esto, y lo de Trinidad, se sabrá en la eternidad", fue el dicho que rezó en Santafé después de su desaparición. Si hubiera ocurrido en nuestros días, seguramente estaríamos diciendo que dormía con el enemigo.
Después del desastre de Peralonso, se habría de librar la batalla de Palonegro, la más cruenta, definitiva y larga de la Guerra de los mil días. Duró dos semanas, del 11 al 26 de mayo de 1900, algo que resultó absurdo, sencillamente porque los dos bandos carecían de toda estrategia militar. “si hubiera habido un militar de verdad esa contienda se hubiera resuelto en media día con muchos menos muertos”, se ha dicho siempre.
Ante la demora del resultado y el estrés González Valencia, que no quería volver a sufrir un desastre como el de Peralonso, prometió, en voz alta, entrar en abstención sexual de por vida si Dios nuestro señor le concede el triunfo a sus fuerzas y así ocurrió, los godos conservadores del gobierno se impusieron a los cachiporros liberales.
El siguiente gobierno fue asumido por Rafael Reyes, triunfador de Palonegro y el general más reconocido. La vicepresidencia le correspondió a su amigo Ramón González Valencia quien, con el tiempo, resultó incómodo para las decisiones que tomaba Reyes, un hombre de temperamento arisco y explosivo. Ante la incomodidad que representaba, y sabiendo que no lo podía sacar por destitución o por la fuerza, recurrió Reyes al nuncio apostólico Ragonesi que siempre estaba dispuesto ayudar a los conservadores en cualquier emergencia.
Ragonesi, visitó a González Valencia en su residencia y le prometió, como representante divino en Colombia, levantarle sus votos de castidad si le firmaba la renuncia. González Valencia no lo dudó ni por un instante, con decisión firmó el papel que le extendía, y una vez el Nuncio salió con actitud de ganador, Ramón buscó a su esposa María Antonia Ferrero para invitarla a pasar una segunda luna de miel en Paipa Boyacá. Las angustias para los dos habían durado casi cinco años, entre mayo de 1900 y marzo de 1905.